Unas locas, mágicas y catastróficas Navidades

Os dejo aquí el relato que escribí para la antología de 7 Deseos de Navidad. ¡Eso sí! Recuerdo que el libro completo tiene seis historias más de seis fabulosas autoras ;) No os los podéis perder.




«Linda Ferrer», citaban las negras letras de la plaquita blanca, al lado de la puerta de su despacho.


Con un cansado suspiro, abrió la puerta y se dejó caer en su sillón. Llegaban las Navidades y todo lo que tenía eran su piso, su trabajo, su gato, sus amigos y sus torres de libros y películas. Nada de príncipes, apoteósicos y dulces finales llenos de risas, encuentros románticos o apasionantes aventuras. ¡Menos mal que, siendo cirujana, no tenía problemas con las facturas!


Pero Linda ansiaba algo más. Salvaba algunas vidas, perdía otras. Ayudaba a la gente y su trabajo era algo que la apasionaba, pero ¿qué tenía a parte de un empleo maravilloso? Unos amigos de fábula que siempre la apoyarían, pero que no estaban ahí con ella cuando llegaba la noche y volvía a casa.


Con ganas de llorar, encendió el ordenador y la radio, pasando canales distraída mientras la pantalla comenzaba a mostrar las imágenes de carga.


De repente, escuchó a su amigo Malcolm. Y sonrió.


A veces ocurría. Se sentía vacía, deprimida… pero eso eran tonterías. Tenía un piso precioso en el centro, unos amigos maravillosos, un trabajo que no sólo la llenaba sino con el que ayudaba a la gente y un gato un tanto peculiar al que quería con locura.


Escuchando a su amigo, repasó un rato las fichas de sus pacientes, pero estaba tan cansada que no pudo continuar. Volvió a apagar la máquina y se cambió a su atuendo habitual.


Estaba cansada. Últimamente no paraba en el hospital. Había tenido que volver a cancelar la cita con sus amigos de toda la vida. Una más y la secuestrarían para sacarla de casa o del centro.


Cerró, ya cambiada a sus ropas de diario, la puerta de su despacho y salió. Saludando aquí y allí a compañeros de trabajo, llegó hasta su coche y enfiló hacia casa.


Puso la emisora de Malcom, pero estaba sonando una canción. Se animó y empezó a cantarla cuando la reconoció.


―Why you gotta be so rude? Don’t you know I’m human, too? Why you gotta be so rude? I’m gonna marry her anyway. Marry that girl, no matter what you say. Marry that…


Las palabras murieron en su boca cuando divisó una caravana morada en medio de una acera. Era encantadora, estaba llena de luces y colores y quedaba totalmente fuera de lugar en medio de una calle a la que ni si quiera habían llegado aún los adornos navideños.


Como hipnotizada, aparcó el coche y se dirigió hacia el vehículo. Incluso mientras escuchaba la campanita que se meneó al abrir la puerta, no se lo creía. ¿Qué hacía ella ahí? Si no soportaba esas cosas… ¡Por Dios, era cirujana! Sabía perfectamente que prácticamente todo tenía una explicación científica. Y mantenía firmemente que, lo que no, era porque aún no se disponía de los medios necesarios para su estudio.

















―Buenas noches ―saludó una anciana, encorvada en una sillita, con expresión afable en su cara arrugada.


―Buenas noches ―respondió Linda.


Se sentó en la otra silla disponible, siguiendo las indicaciones de la pequeña mujer, y se quedó quieta, mirando a su alrededor.


Era la típica caravana gitana, con sus pañuelos, sus bordados, sus colores, sus figuras de estrellas, lunas y líneas incomprensibles y sus extraños símbolos por todas partes.


―¿Le gusta mi casa?


―Es lo que me imaginaría de una adivina ―respondió Linda, sin contestar ni «sí» ni «no».


La anciana rió.


―¿Quieres que te lea la mano? ¿Las cartas? Siento no tener bola de cristal ―bromeó.


―La verdad es que… no sé muy bien qué hago aquí. Simplemente, entré.


La anciana miró fijamente a la doctora Ferrer durante tanto tiempo que la mujer más joven comenzó a ponerse nerviosa. Sus nervios no se calmaron cuando la gitana habló.


―Hay veces que ocurren cosas que no podemos explicar ―La anciana sacó una baraja de cartas parecidas a las que Linda había visto por la televisión alguna vez mientras hacía zapping. ―Elija.


Linda eligió un montón, sabiendo que la señora iba a clavarla, pero bien, por soltar una serie de chorradas. Aún no se explicaba qué hacía ahí.


La gitana de pelo blanco comenzó a mover las manos y las cartas, pareciendo profundamente concentrada.


―Ha muerto alguien cercano a usted.


―No ―respondió Linda sin asomo de duda.


La anciana se congeló y la miró con ojos penetrantes.


―No era una pregunta.


―Pero es que no ha muerto nadie cercano a mí. Sólo tengo a mi madre y le aseguro que está muy viva.


―Ha muerto alguien muy cercano a usted. Un hombre. Un hombre no muy mayor. Tiene un fuerte vínculo de sangre con usted. Su padre. Tal vez su tío.


―Mi padre nos abandonó cuando yo era muy pequeña. No he vuelto a saber de él.


La conversación comenzaba a incordiarla.


―Su vida no ha sido fácil. Pese a lo que ha dicho, veo una familia numerosa. ¿Amigos cercanos, tal vez?


Linda asintió.


―El destino a veces nos pone a prueba. Todos vosotros habéis tenido dificultades. Especialmente tú, Linda.


―¿C-cómo sabe mi nombre? ―comenzó a asustarse.


―No sólo leo las cartas, niña. Su padre está profundamente arrepentido y el destino se volverá favorable hacia usted. Salvas vidas, eres buena, generosa y el destino no lo ha sido contigo. Ahora lo va a ser. ¿No tienes ningún deseo? ¿Algo que anheles en lo más profundo de tu interior?


―Mire, dígame cuánto es. Yo me voy ya.


―La verdad no huirá como tú lo haces, pero tómatelo como un juego. ¿Qué pedirías a una estrella fugaz?


―Que mis amigos encontraran la felicidad con aquella persona que los complete. Es lo que llevo años pidiéndoles a ellos, pero no lo tienen fácil, ¿sabe? ―soltó, mosqueada.


Pensó en Noel, que era gigoló, y las mujeres que conocía. ¿Cómo narices iba a sentar cabeza con alguna de ellas? Pero la anciana no tenía por qué saberlo. Estaba comenzando a pensar que se trataba de una broma.


―¿Cuánto es? ―quiso saber Linda, con el abrigo ya puesto y la cartera en la mano.


―Tu padre te ayudará a ser feliz, niña. Y no voy a cobrarte. No me interesan los bienes terrenales ―informó con una sonrisa misteriosa. ―De hecho, ¿de verdad creerás que has estado aquí alguna vez?


Un bocinazo la hizo abrir los ojos. Estaba en el coche. Tenía la marca del volante en la frente. Una fila de vehículos tras ella estaba pitando, el que estaba junto al suyo pasó a su lado y le gritó que el semáforo estaba en verde.


¿Qué narices había pasado?


Marcó un número y esperó mientras avanzaba por la carretera.


―¿Sí?


―¿Jarel? ¿Estás ocupado?


―No, cielo. Dime. ¿Por fin tienes tiempo para quedar?


―Olvídate, estoy cansadísima. Y esta noche ha sido de locos. Además, como quede contigo sin avisar, me matan. Sobre todo Sury. Te llamaba porque he tenido una noche como para ingresarme en el manicomio. Creo que me estoy volviendo majara. En serio.


―Espera, espera, Linda. Cuéntame. ¿Qué ha pasado?


―Fui a ver a una adivina y luego estaba en el coche.


―¿Y qué te dijo para que te alteraras tanto? ¡Si no crees en esas cosas!


­―Dijo que mi padre ha muerto. Que se me cumplirá un deseo. Pero no lo entiendes. Fui a la tienda, con la adivina, pero luego estaba en mi coche. Así, sin más. Como si no hubiese ido. ¡Creo que me he quedado dormida en el coche! Pero era tan real…


―Quizás ha sido sólo eso. Un sueño. No te rayes. Espera, ¿estás en el coche?


―Sí.


―¡Y hablando por teléfono! Para darte de leches, bonita. Un beso. No llames a nadie más.


Y colgó.


―¡¡Muy bonito!! A mi hermano sí lo llamas pero a mí no, ¿eh?


―Hola, Sury ―gimió Linda, recién despertada por cortesía del estruendo que había hecho su móvil.


―Estás muy estresada. Te he mandado un regalito anticipado de Navidad. Abre tu correo.


―Ahora lo abriré…


―¡Ahora!


―¡Voy, voy! Será pesada la tía ―bromeó Linda.


En su buzón de entrada del correo electrónico había un e-mail de surywyatt@gmail.com con dos vales listos para imprimir por valor de una sesión de masaje cada uno.


―Sury…


―Dúchate, vístete y sal. Está cerquísima de tu casa. Quiero que vayas ya. ¡Venga!


―¡Voy! Me estás recordando a cierta obsesionada con la puntualidad que yo me sé…


Sury finalizó la llamada y Linda hizo todo lo mandado, miró la dirección del sitio y salió como alma que lleva el diablo de su casa.


Pese a que estaba en el centro, el lugar contaba con un amplio espacio en el que esperar a que te atendiesen. Mucho cristal transparente, algunas flores, cuadros de paisajes que invitaban a la relajación y colores suaves y armoniosos dominaban la estancia. ¿Cuándo había sido la última vez que había estado tan libre de estrés?


―Buenos días, ¿señor Furlan?


―Buenos días. Sí. Tenía cita con el fisioterapeuta, ¿el doctor Faouaz?


―Sí. Pase y siéntese, por favor. Enseguida le atenderá.


―Gracias.


Linda observó al magnífico hombre que se sentó a su izquierda por encima de la revista que estaba ojeando.


No era el tipo de hombre en el que normalmente se fijaría. No era ni moreno ni rubio, sino más bien algo intermedio; tampoco parecía tener mucho músculo debajo del traje, que sí que le sentaba de maravilla. La ligera barba que salpicaba su mandíbula le confería un aspecto muy sexy, pese a que la cirujana siempre las había considerado molestas.


En cambio, sus profundos ojos azules, que iban desde la tonalidad del más profundo y oscuro océano hasta el más claro azul de un cielo de verano, atrajeron su mirada como nunca nadie antes lo había hecho.


No, no era el tipo de hombre en el que normalmente se fijaría, pero se había fijado en él. Y estaba disfrutando con las vistas.


Una melodía interrumpió el agradable sonido que inundaba la sala de espera. Linda se mosqueó. ¿No sabía que había que apagar los teléfonos móviles cuando se estaba en una clínica? Esto no era un hospital, cierto, pero ¡se suponía que se venía a relajarse, no a hablar por teléfono y molestar a los demás!











―Sí, mamá. Ya estoy en el masajista. La verdad es que ya no me duele tanto. Mamá, puedo ir a trabajar perfectamente. No. No, mamá. ¡Mamá…! ¡Claro que tengo cuidado cuando conduzco!


«Genial» pensó Linda. Un nene de mamá que se iba a poner a discutir en medio de la salita. ¡Pues no! ¡Ella no pensaba quedarse calladita! ¿Qué se creía ese tío?


―Fue la loca ésa, la que se paró en medio de la carretera como si nada. ¡Se quedó dormida sobre el volante! El pobre hombre que tenía delante no tuvo más remedio que dar un frenazo. Todo el mundo comenzó a pitar. Si es que… hoy en día le dan el carné a cualquiera…


Linda subió la revista hasta que cubrió su rostro y dejó de mirar a los espectaculares ojos azules de su vecino de la sala de espera, hundiéndose cada vez más en el sillón. Esperaba que no la reconociera, porque iba a morirse de vergüenza. ¿En serio estaba hablando de ella?


―Sí, no te preocupes. El coche me lo darán en breves y he ido hace nada a por el de repuesto. A la que habría que colgar es a la loca ésa…


―¿Linda Ferrer?


Linda se levantó, temiendo que él la reconociera, pero el hombre continuó con su cháchara a través del móvil y ella apretó el paso para seguir a la señorita que la había llamado.


Sólo suspiró aliviada cuando entró en la cabina de masajes ataviada únicamente con una toalla y el traje con el que nació.


Hasta que las mágicas y enormes manos del masajista no obraron sobre ella, no obstante, no se relajó del todo.


¡Y vaya si se relajó!


Fue un deleite para sus cinco sentidos. La pequeña estancia olía a las mil maravillas; le habían dado unos bombones de chocolate, antes del masaje, que le habían dejado un sabor de boca a gloria; las fabulosísimas manos del hombre a su espalda iban a mandarla al séptimo cielo; la música ambiente era sencillamente deliciosa; y las vistas… no sólo la decoración era perfecta, sino que el masajista daba ganas de probar si el mito de los africanos y sus artes era cierto. ¡Menudo espécimen!


Salió de allí con la firme decisión de darle un regalazo a Sury por Navidad.


Y su gozo en un pozo cuando vio al señor Furlan detrás de su Toyota, tomando nota de la matrícula.


―¡Oiga! ¡¿Qué hace?!


Él se dio la vuelta y enarcó una ceja.


―Tomo nota del coche de la loca que causó un accidente ayer ―anunció calmadamente.


―¡Fue sin querer! ―se defendió Linda, interponiéndose entre él y su matrícula.


―Lo suponía. Si no, no lo llamaría «accidente».


El fuego de mil infiernos ardía dentro de la doctora. ¡Sería insufrible, el tipejo!


―¡Pero bueno! ¿Y cómo sabe que he sido yo?


―No sabía que había sido usted personalmente. Sabía que este era el coche. Si no fuese suficiente el hecho del bollo que hay en su Toyota, Toyota nada menos que de color verde, usted acaba de confesarse culpable hace unos minutos.


―¡Deme eso!


Algo se apoderó de Linda. Algo oscuro, salvaje y rabioso que no había conocido hasta ahora. Tuvo ganas de gritar, arañar, morder y, ante todo, hacerse con el dichoso papelito en el que el estirado trajeado apuntaba su matrícula.


Vaya espíritu navideño…


De repente, sintió cómo unas manos la empujaban a los brazos del tipejo. La empujaron tan fuerte que cayó sobre él en una postura un tanto comprometedora. Asustada, se levantó parcialmente, ayudándose con los brazos, y miró hacia atrás. No había nadie.


Cuando volvió a mirar al señoritingo, se dio cuenta de que había dejado los pechos perfectamente alzados y juntos, tratando de metérsele bajo los ojos.


Se quedó unos instantes sin saber qué hacer, bloqueada por el asombro.


Sin embargo, era una mujer de mente ágil y reflejos rápidos. Se levantó precipitadamente mientras él aún seguía en shock, no sin antes arrancar el papelito de los masculinos dedos.


Se metió en el coche y arrancó, sin importarle que el trajeado cabroncete siguiera en medio.


―¡¿Está usted loca?!


―¡APÁRTESE!


Él lo hizo.


Y ella salió escopetada.


―Quizás lo que necesitas es un cambio de look ―comentó Victoria, horas más tarde.


―¿Qué tiene que ver un cambio de look con que vea adivinas en mi cabeza, me persiga un loco trajeado y me haya vuelto repentinamente agresiva?


―Que tienes una vida tan monótona que ya tu cuerpo y mente no saben qué hacer para salir de la rutina. Piénsalo. En realidad, te quedaste dormida sobre el volante y tuviste un sueño, el pobre hombre sólo miraba la matrícula de un coche que causó un accidente y a ello tú has respondido abalanzándote literalmente sobre él.


¿Tendría razón?


―Tampoco es que haga siempre lo mismo, Vic ―refunfuñó, acercándose bien al teléfono para que su amiga escuchara alto y claro.


―Llevas desde el colegio con la melena morena y por los hombros. De hecho, guardas aún ropa que usabas en la universidad. Y te la pones.


―No estoy tan mayor como para no usarla. Y el pelo así me queda bien.


―Vale. Te lo pondré de otra manera. Hoy has llegado a casa tarde, así que probablemente estés cocinando o bien espaguetis con tomate o bien una quesadilla de jamón y queso.


Linda abrió la boca y la cerró. Estaba cortando trozos de queso para ponerle a los espaguetis.


―¡Tú también cenas pasta cuando llegas tarde! ―se defendió.


―Sí. Raviolis, macarrones con atún, tallarines a la carbonara, pizza y sus combinaciones, espaguetis a la boloñesa… y la lista sigue y sigue.


―Yo le estoy poniendo queso a los espaguetis.


―¿Crees que eso es una gran salida de tu rutina?


―Está bien. Te haré caso.


Esa noche se fue a la tienda de la esquina a comprar un tinte rubio platino.


Esperó los cuarenta minutos de rigor viendo una peli de Tim Burton y, cuando llegó al final, las lágrimas corrían por sus mejillas y el gato maulló indignado cuando se apartó para coger una servilleta y limpiarse.


Era ¡taaan bonita!


Un momento.


Era una película maravillosa. De dos horas.


Corriendo como una desposeída, se dirigió hacia el cuarto de baño. Un juguete de Cheshire se topó con su pie y Linda resbaló, giró y cayó, golpeándose en el ojo con otro juguete del gato, el cual la miraba contemplativo mientras se lamía una pata, indolente.











Levantándose como pudo, Linda se dirigió al baño, se lavó la cabeza lo mejor que pudo y se pasó el secador para ver cómo había quedado.


Parecía que un peluquero furioso se había vengado de ella con tan sólo un bote de lejía y mucha saña. Quiso llorar. Tenía mechones quemados. Y el pelo blanco.


¡Viva Victoria y sus dichosos cambios de look!


Aún deprimida a la mañana siguiente, abrió los ojos, temerosa y a la vez esperanzada de que se viese menos malo a la luz del día, y se miró en el espejo.


No sólo tenía el pelo blanco y quemado, sino que una mancha oscura se extendía sobre el pómulo, rodeando todo su ojo, haciéndola rivalizar con la Novia Cadáver.


―Ay, Dios…


Afortunadamente, recordó que, aunque fuese domingo, su vecina de unos pisos más arriba era peluquera. ¡Quizás la hiciese un favorcillo!


―Cortar. Puedo salvar parte, pero vas a tener el pelo bastante más corto de lo que lo llevas ahora.


―¿Cómo de corto? ―Gimió Linda, dolida.


La expresión funeraria que cruzó el rostro de la doliente cuando la vecina estiró el dedo índice justo a la altura del lóbulo de su oreja no tuvo desperdicio.


Cerró los ojos, sufriendo, mientras la mitad de su cabello era cortado por las despiadadas tijeras.


Su agonía no mermó cuando se vio frente al espejo del ascensor, de camino a su piso, otra vez. Parecía que se había peleado con alguien y había acabado con un ojo negro, la cabeza blanca y que se había vuelto loca, pues su pelo ondulado se inflaba a la altura de las orejas.


―Madre mía…


Se dejó caer en el sofá de su casa y Cheshire apareció tras un sonido de cascabel, como por arte de magia, en su regazo. Comenzó a ronronear cuando Linda le rascó detrás de sus felinas orejas.


Abrió el Whatsapp por no ponerse a tirar de sus greñas.






Victoria me dijo de hacer un cambio de look.






Tengo todo el pelo blanco.






Y un ojo morado.




Victoria: ¡NO FASTIDIES! ¿¿¿Qué has hecho???




Sury: ¿Blanco? ¿En serio? ¿No prefieres un negro o un rubio? ;P




Jarel: A mí me mola más un rubio o negro, ojito morado ;)




Jarel: Sury, deja de leerme el pensamiento ¬¬




Shamira: ¿Cómo has acabado con el ojo morado?




Mi gato… L




Noel: Me lo creo. Cheshire es un psicópata.




Shamira: Que no te quiera a ti no le hace un psicópata.




Noel: Se meó en mi móvil. Perdí TODOS mis contactos.




Shamira: Le quitaste su lata de atún. Yo también lo habría hecho…




Noel: Ha dejado un ojo morado a Linda!!!!




Sury: No me lo creo. Es un amor de gato. ¡Informa al pueblo, doctora!








Tropecé con un juguete suyo.






Su pelota acabó en mi ojo.






Ahora le estoy dando mimos…






Al gato, digo.




Shamira: ¿Ves? El gato sabe.




Shamira: Y que Linda sea torpe no lo convierte en un mal gato.




Jarel: Amén.




Sury: Amén a eso.




Noel: Linda, ¿por qué te has dejado el pelo blanco?




Noel: No pienso añadir nada más sobre su jodido gato psicópata.





Me eché un tinte.






Y Tim Burton me entretuvo.






Me he quemado el pelo.






Lo tengo por las orejas.






Quiero llorar ;(




Malcolm: Queréis dejar de petar el grupo…




Malcolm: ¡Algunos trabajamos!




Malcolm: Cabrones.




Victoria: Linda tiene un ojo morado.




Malcolm: En serio?? Qué ha pasado????




Noel: Ha sido Cheshire.




Malcolm: Ese gato…




Malcolm: Es hijo del demonio.




Malcolm: Estoy convencido.




Shamira: El próximo que diga algo de esa monada, MUERE.




Sury: Eso.




Jarel: Eso.


Chicos!!






Mi CRISIS!!




Victoria: Tengo una idea.


Tiemblo.




Victoria: Idiota.




Victoria: ¿Por qué no vamos de compras?




Sury: Es domingo.




Victoria: Conozco un sitio ;)





¡Paso de tintes!






Aviso.




Victoria: Un gorro.




Victoria: Unas fabulosas gafas.




Victoria: Y tus más queridas amigas :*




Malcolm: No puedo.




Vaaaaaaaale. Me apunto.




Shamira: Yo tampoco puedo :S




Sury: Yo sí!




Jarel: Yo sí!




Noel: No puedo, chicos.




Se pusieron de acuerdo en la hora y el lugar, acabaron tomando algo y se hicieron las doce para cuando Linda se fue.


Con el gorro y las gafas parecía más excéntrica que horrible, pero aún así era desolador su aspecto.


Y, para colmo, nunca le había sentado bien el alcohol. Y se había puesto hasta el culo de cervezas.


Y la cerradura del coche no paraba de moverse y no podía meter la llave. Cuando lo consiguió, no atinaba a abrir la puerta. ¡Dichoso cacharro!


Tiró y tiró, hasta que golpeó algo con el hueso de la risa y escuchó un ruido sordo.


―¡Me cago en la…! ―lloriqueó, con lágrimas en los ojos, mientras se agarraba el brazo.


Un lamento acompañó al suyo.


Miró y no vio a nadie.


¿Volvía a imaginar cosas?


―Joder ―escuchó.


Bajó la mirada y vio un hombre tirado, todo lo largo que era, en el suelo.


―¿Está usted bien?


―Señora, me ha dado una buena en la mandíbula. Me ha tirado a la acera. ¿Cómo quiere que esté bien? ¡Casi me parte la cara!


―Déjeme ver. Soy médico.


Se agachó y le examinó la fuerte mandíbula. Comenzaba a enrojecerse, pero no se hincharía. Estaba perfectamente. Vaya quejica.


―Está bien. Ni si quiera va haber que poner hielo.


Y al acabar de hablar, lo miró. Y a sus ojos. Esos azulísimos ojos hechizantes en los que cualquier mujer y muchos hombres se perderían.











Asustada, pues si la reconocía, la demandaría, reculó.


Pero él la agarró de la muñeca.


Con el cejo fruncido estiró una mano hacia su cara y Linda cerró los ojos, asustada.


Le había dado un golpe en el coche, le había hecho ir al fisioterapeuta, se había abalanzado sobre él y casi le había atropellado con el coche. Premeditadamente. Ella también se pondría agresiva.


Sin embargo, fue una efímera caricia en el arco de la ceja y la desaparición de sus gafas lo único que sintió.


―¿Está usted bien? ―preguntó, preocupado.


Extrañadísima, ella asintió con la cabeza, muda de asombro.


¿Le habría afectado el golpe más de lo que pensó en un primer momento? Después de todo, lo había tumbado. Quizás se había golpeado la cabeza.


Él frunció más el ceño.


―Tiene el ojo totalmente negro.


―¡Ah! ¡Eso! Eh… me di… me di un golpe ayer ―informó, sin mencionar al gato, al juguete o la patética caída.


Él frunció aún más el ceño y se levantó, no sin antes hacer una mueca de dolor y llevarse la mano a la mandíbula.


―Mire, soy abogado ―dijo. Linda tragó saliva mientras se levantaba. Abogado. Vale. ―Si tiene problemas con algún hombre… yo podría ayudarla. Si no puede pagar mis honorarios, conozco organizaciones que podrían ayudarla e incluso podríamos llegar a un trato o podría aconsejarla gratis…


Linda levantó una mano para pararlo.


―No, no, no. De verdad que no pasa nada. Fue un golpe. Me lo di yo sola. En serio.


La reciente integrante del grupo de las rubias gimió para sus adentros. Sonaba exactamente a lo contrario de lo que quería decir.


Dándose de tortas mentales, fue a abrir su coche de nuevo, pues aún no lo había conseguido, cuando se percató de que, si llamaba la atención sobre el automóvil en cuestión, el abogado estirado la reconocería.


―Mierda ―masculló.


―¿Le ocurre algo? ¿Se encuentra bien?


―Es que… he bebido. ¡Sí! ¡Es eso! Y no pudo conducir. Y no sé dónde hay taxis por la zona.


En realidad, debería haber pensado en eso antes de plantearse siquiera ponerse al volante.


―Puedo llevarla yo, si quiere.


No me lo puedo creer.


No me lo puedo creer.


No me lo puedo creer.


No me lo puedo creer.


―No me lo puedo creer.


―¿El qué?


Mierda. ¿Lo había dicho en alto?


Estaba contemplando las calles pasar por la ventana del copiloto y seguía sin entender qué se le había pasado por la cabeza para aceptar que el abogado que quería demandarla la llevara a su casa. De hecho, estaba segura de que no había dicho «sí», sino que había caminado junto a él en contra de su voluntad. Como si la hubieran empujado. Otra vez. Sólo que no había nadie. Otra vez.


―Lo bien que conduce un abogado ―improvisó.


Él rió.


Ella se fijó en su risa. Sus dientes. Sus atractivas facciones. Sus ojos.


―… linfadenectomía ―murmuró ella.


―¿Qué dice?


―Hoy he hecho una linfadenectomía. Es básicamente la extirpación de un ganglio linfático. Bueno, técnicamente hablando, también puede ser la de varios. Se dice en singular siempre y cuando estén en el mismo lugar. Si hay que hacer varias extirpaciones, serían linfadenectomías, no linfadenectomía. ¿Entiendes? Es como una disección glanglionar. Una adenectomía, vaya. Bueno, el caso es que hoy he hecho una y el hijo estaba para mojar pan. En serio. Todas las enfermeras estaban locas por atender a la de la linfadenectomía. Y es asqueroso. Así que imagínate cómo estaba el chico. Estaba pensando que tú pones más.


El coche hizo un movimiento brusco y él la miró.


Oh. Vaya. ¿Lo había dicho en alto?


Gimió, avergonzada.


―No volveré a tomar cervezas. Lo juro ―dijo, levantando la mano estirada en el aire.


―¿Y eso? ―rió el conductor, totalmente entretenido.


―Me suelta la lengua ―informó Linda con rencor.


El señor Furlan soltó una carcajada.


―No llevas anillo ―señaló, molesta.


―No ―confirmó él, aún sonriente.


­―¿Tienes novia?


Él la miró divertido.


―¿Te ofreces para el puesto?


―No ―bufó la cirujana. ―Necesitaría más cervezas para eso.


―Vaya. ¿Tan feo soy?


«Estás para mojar pan» pensó.


Y, por cómo sonrió él con suficiencia, no debió de quedar en su cabeza.


―Vaina del recto, espina ilíaca anterosuperior, ligamento inguinal de Poupart, músculo cremáster… ay, madre.


Linda se removió, inquieta, en el asiento.


―¿Qué ocurre ahora?


―Me acerco peligrosamente al pene.


―Perdona, ¿qué?


―Estaba intentando concentrarme. Ya sabes. Con partes del cuerpo. Músculos. Ligamentos. He ido bajando hasta la altura del pene. Y no puedo evitar mirar el tuyo.


¡No! ¡No había dicho eso!


―No he dicho eso. Quiero decir. Soy cirujana. Estaba pensando en la ciencia.


―Ciencia. Claro.


―Sí. Ciencia. Efectivamente.











El coche se detuvo. Oh, no. Había visto las greñas y el ojo morado y la tendría por una loca. Y se había arrepentido de meterla en su coche. Y ahora tendría que buscar un taxi. Y ya sólo le faltaba hacerle al pobre otra maniobra asesina. Y…


―Bueno, señorita. Ya hemos llegado.


Linda abrió la boca. La cerró. Miró por la ventana otra vez. Sí. Ése era su edificio. Estaba en casa.


―Sí. Gracias. Eh…


―Elián. Elián Furlan.


Ella le estrechó la mano y abrió la boca para decir su nombre.


Pero se calló.


¿Y si había oído el nombre con el que la había llamado la chica en el centro de masajes? No. Mejor no arriesgarse.


Entrecerró los ojos, tratando de parecer suspicaz pero, sabiendo la cogorza que llevaba, temiéndose que no lo había conseguido.


―Yo prefiero no dar nombres a desconocidos. Ya sabe. Por si a caso ―adujo, seria, fingiendo una seriedad que ni ella se creyó.


―Por si a caso. Claro. ¿La acompaño arriba?


―No, muchas gracias.


Linda salió del coche y sintió cómo una mano le agarraba un tobillo. Tropezó y cayó, dándose en la nariz y soltando un lloriqueo por el increíble dolor que sintió en toda la cara.


―¡¿Estás bien?! ―exclamó Elián, saliendo a toda prisa de su coche.


―No. Me duele la nariz ―lloró ella, sabiendo que debía de parecer de todo menos una mujer madura, sensata, responsable, educada y sensual.


Él la recogió del suelo y la levantó, dejándola sobre el capó del coche mientras lo cerraba. En cuanto salió la lucecita y se escuchó el doble pitido, sus manos ya estaban tras su espalda y rodillas y él se encaminaba hacia el portal.


―Pasa las llaves.


Linda dejó caer las llaves en la mano que asomaba bajo sus piernas. Milagrosamente, acertó y no se cayeron.











Él se inclinó hacia la cerradura para abrirla, acercándose aún más a la mujer que tenía entre sus brazos, y ella lo miró a los ojos, embrujada.


Casi no supo cómo llegó a su casa, pero él la depositó en la cama con sumo cuidado antes de comenzar a apartarse. No pudo. Los brazos de ella seguían firmemente sujetos a la viril nuca.


Era tan guapo.


Allí, en su habitación, en ese entorno tan íntimo, en medio de la penumbra, iluminado nada más que por difuminados rasgos de las luces navideñas que se sumergían en la estancia a través de la ventana, mirándola con aquellos ojos azules que tanto la enamoraban, parecía tan irreal, tan mágico, que no quiso que el hechizo se interrumpiera.


No dejó que el sueño se le escapara de entre los brazos.


Miró esos ojos zarcos, cobaltos, garzos, índigos, añiles… y esos labios carnosos que habían reído y sonreído en las pasadas horas, mostrando esos dientes blancos tan sexis que ahora se escondían.


Como en trance, acercó su rostro al suyo. Posó los labios femeninos en la fina piel de los de él, fundiéndolos con los masculinos. Introdujo la lengua en la cálida cavidad de su boca y suspiró cuando notó que él hundía la suya en la de ella.


De pronto, ella no estaba reteniéndole, sino que él se apretaba contra ella, como si las barreras de sus cuerpos se interpusieran en la fusión de ambos. Como si no estuviesen lo suficientemente juntos. Como si cada milímetro de piel de uno en contacto con cada rastro de piel del otro no fuese ni remotamente suficiente.


Él gruñó, ella lloriqueó.


Linda buscó el calor del cuerpo de él cuando el aire fresco lamió su piel desnuda. Él, hambriento de ella, devoró la sabrosa carne que quedó descubierta.


Y su móvil sonó.


Ella, lamentándose interiormente, se dirigió hacia su bolso, que había caído olvidado.


―Ah, no. Olvida eso.


Cuando Elián atacó los duros picos que se alzaban sobre los pechos de ella con sus lascivos y blancos dientes, ella gritó. Se olvidó de todo. Linda frotó su húmedo sexo con el epicúreo miembro masculino y él jadeó. Y no pudo más. Y la penetró. Y danzaron un baile más antiguo que el tiempo y más elemental que el sol, más fogoso que las llamas y más esencial que el mar.


Él se movía dentro de aquella diosa y ella arañaba, mordía y tiraba de aquél dios del placer.


Un grito se elevó en el aire, sobre los sonidos olvidados que se filtraban entre las cortinas, sobre los jadeos de los amantes, sobre la música que crearon ambos con sus roces. Y otro grito se unió al primero.


Y ambos quedaron laxos, en silencio, abrazados, cansados, sucios, mojados, felices y satisfechos.


―¡Ay! ¡Coño! ¡Hostia puta! ¡Quita, bestia peluda!


Linda se levantó como un resorte para encontrarse con Cheshire firmemente agarrado al brillante pelo de la cabeza de un hombre desnudo, que estaba en su cama.


Gritó.


Y el gato salió corriendo.


Y él la miró y se asustó, soltando un alarido despavorido.


Y ella se amedrentó aún más y salió atropelladamente de la cama, liándose con las sábanas y dándose un golpe en la cadera con la mesilla de noche, antes de caer vulgarmente al suelo, golpeándose las posaderas.


―¡¿Quién cojones eres?!


Aún con cara de susto, pero más recuperado, el desconocido apuntó: ―El que te trajo ayer a casa porque no te tenías en pie. Quizás deberías mirarte en un espejo.


Desconfiada, ella reculó hasta el baño, sin perderlo de vista, e hizo el ademán de mirarse rápidamente en el espejo. Pero ahí quedó la cosa. No pudo apartar la vista de su reflejo.


Ella también habría chillado, alarmada, si viese eso por la mañana.











Tenía todo el puente de la nariz azul, verde y morado, además del ojo negro y el pelo blanco inflado, como si hubiese metido los dedos en el enchufe en un intento de disfrazarse del doctor Frankenstein.


Al verse la nariz, recordó al abogado que quería demandarla y con el que se había acostado.


Brillante.


―En el cajón de la mesilla que hay en mi lado de la cama hay unas galletas para gato.


―¿Disculpa? ―inquirió el abogado en cuestión, totalmente perdido.


―Has gritado al gato y es muy listo. Se venga de aquellos que no le han caído en gracia. Te aconsejo que le des una galleta cuanto antes y luego ya te vistes y te vas, si quieres ―acabó, cuando ya estaba en el armario buscando una bata. ―He de decir que éste no es mi aspecto todos los días. Creo que estoy en una mala racha ―comentó, señalándose la multicolor tez.


―Ya. No le voy a dar… No, no puede ser.


Linda giró la cabeza hacia él y luego hacia donde sus ojos apuntaban. Cheshire estaba meándose en sus pantalones.


―¡Maldito gato!


―¡Eh! ―protestó Linda. ―Te avisé. Eso es culpa tuya.


Él la fulminó con la mirada, pero ella ya estaba abrochándose un batín de seda.


Se dirigió hacia la cocina y comenzó a hacer café. A penas eran las seis de la mañana y tenía tiempo de sobra, pero tenía que asegurarse de echar a aquel tipo.


Gimió.


―Mierda. El coche.


―¿Tu coche? ¿Qué pasa con mis pantalones? ―quiso saber él, mientras miraba furioso al satisfecho gato.


La doctora levantó la vista de los huevos que batía y se fijó en que se había puesto los calzoncillos y se estaba poniendo su camisa.


Elián hizo una mueca.


―Por lo que veo, eso de afilarse las uñas en otros, lo ha aprendido de ti ―sonrió, incómodo, mientras abrochaba los botones de la prenda.


―¿Disculpa?


―Me has dejado la espalda hecha un cuadro, rubia.


―Soy morena ―dijo automáticamente, mientras metía pan en la tostadora.


Se giró sólo para ver su sonrisa petulante.


―Lo sé.


Ella gruñó, decidida a freír los huevos revueltos y no hacerle ni caso, esperando que se fuera ya de su casa.


―¿Y bien?


―¿Y bien, qué? ―protestó Linda, sin mirarlo.


―¿Mis pantalones?


―Tus pantalones, tu problema. Vístete y adiós.


Unas cálidas y fuertes manos se deslizaron lascivamente por las caderas femeninas.


―Anoche estabas más cariñosa, fiera ―murmuró con su impúdica voz en los sensibles oídos de la doctora.


Ella tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no sucumbir a sus encantos.


―Escucha ―carraspeó, apartándose y retirando los huevos del fuego. ―Tengo que ir a por mi coche. Y a trabajar. Ya. Así que vístete como puedas y sal de mi casa con viento fresco.


―Vale, señorita ajetreada. Capto el mensaje, pero no tengo pantalones. ¿He de suponer que todo ese desayuno no es para dos?


Ella trató de ser una perra fría y de no compadecerse de esos suplicantes ojos azules.


―Tienes unos calzoncillos y un coche. Y más en tu casa, pongo la mano en el fuego. Te avisé. Mi gato, Cheshire, no se anda con tonterías. Y tú te vas ya.


―¿Cheshire?


―¿Alicia en el País de las Maravillas? ¿El gato? El mío es igual, aparece y desaparece cómo y cuándo quiere. Y eso que lleva un cascabel.


Cheshire hizo una demostración materializándose como por arte de magia sobre la barra que daba a la cocina, al lado de Elián, al que miró con recelo y malicia mientras se lamía una pata.


El cascabel sólo sonó cuando el muy ladino ya estaba ahí.


El abogado miró al bicho con desconfianza, pero luego lo ignoró.


―Haré el titánico esfuerzo de irme sólo si me das tu número. Si no, trataré de hacer buenas migas con ese condenado gato el resto del día.


Ella abrió la boca.


―¿No tienes que trabajar?


Él sonrió con diablura.


―Me llevo bien con el jefe.


Ella había acabado dándole su número.


Y una biopsia, una endarterectomía, una colecistectomía, un desbridamiento de quemaduras y una colectomía más tarde, no podía quitarse al señoritingo de la cabeza.


Menos aún cuando la llamó y, al escuchar su voz, dijo que estaba ocupada y colgó.


Y él volvió a llamar.


No lo cogió.


Y la volvió a llamar.


Y, de nuevo, lo ignoró.


Vio una llamada de Sury, anterior a las del apuesto y travieso abogado, pero llamaron de urgencias y no pudo devolvérsela.


Había sido un día duro, pero una semana aún más difícil. Le dolían toda la cara y toda la cabeza y ya no podía más.


Solamente deseaba un baño, un caldo caliente y enterrarse en su cama para siempre.


Su móvil sonó de nuevo y su estómago se encogió en anticipación al número que, aunque no debería, había quedado grabado en su cerebro.


No era ése.


Cogió la llamada.


―¿Linda Ferrer Saavedra?


―¿Sí?


―Hola, señora. Soy Carolina Núñez Torres. Llamo de la oficina de abogados Landez. La informo de que la llamada está siendo grabada. Contactamos con usted porque es la dueña de un Toyota RAV4, de color verde, con la matrícula…


Linda escuchó los números, sabiendo lo que la esperaba.


―Sí. Es mío.


―Bien. Usted se podría enfrentar a una demanda por conducción imprudente, agresión…


Linda no estaba muy al día de los términos legales, pero la cosa no pintaba bien.


―Sin embargo, el señor Furlan ha decidido que desearía entrevistarse con usted para llegar a un acuerdo amistoso antes de considerar la vía legal. ¿Estaría de acuerdo en concertar una cita?


―Sí ―suspiró, derrotada.


Carolina Núñez Torres hizo gala de su eficiencia y concretó un lugar y una hora en menos de lo que canta un gallo.


Y Linda Ferrer Saavedra no se bañó, ni cenó. Cayó rendida a la cama y trató de fingir que dormía.


El gato, a su lado, hecho una bolita, durmió como un santo.











―Causaste daños en mi coche, me has hecho tener que ir a rehabilitación por el choque que causaste tú y que me afectó en las cervicales, te diste a la fuga, me agrediste, casi me atropellaste, te volviste a dar a la fuga, me diste un codazo que me tumbaste en medio de la acera, me mentiste, me arañaste, mordiste y tiraste del pelo hasta casi dejarme calvo, aunque de estas tres cosas no me quejo, que conste, tu gato casi me arranca el cuero cabelludo e hiciste que saliese a la calle sin pantalones a riesgo de detención por exhibicionismo. Dime, ¿nos hemos conocido antes y tratas de matarme, o sólo estás pagando conmigo tu nariz verde y tu ojo morado?


―Pensé que esto era una charlita para llegar a un acuerdo amistoso ―refunfuñó ella ante la sarta de acusaciones que salían de esa boca tan impúdica.


«No vayas por ahí, no pienses en lo que esa impúdica boca te hizo anoche, Linda, no, o te pierdes. Aviso» se regañó a sí misma.


―Antes preferiría saber si necesito un guardaespaldas ―ironizó él, no sin cierta razón.


―Escucha. Fue sin querer.


Una escéptica ceja se elevó en el rostro del aún más escéptico abogado.


―¿Todo?


―Bueno. He de confesar que lo de agredirte la primera vez no, pero no quise atropellarte. Suponía que te ibas a apartar, evidentemente.


Elián entrelazó sus vigorosos dedos y se echó hacia atrás en el butacón negro del despacho en el que se encontraban.


―Evidentemente ―repitió, incluso cuando sonó a de todo menos «evidente», sospechosamente entonado como un «¿estamos todos locos, o qué?».


El silencio se hizo pesado.


La chica que la había atendido al llegar y que se había presentado como la que habló con ella por teléfono, Carolina, rompió la tensión reinante cuando trajo los cafés.


Linda hubiera deseado que se quedase, pues en el despacho del abogado había más corriente que en una central eléctrica, pero el señoritingo estirado despachó a la muchacha sin contemplaciones, dejando a Linda con la taza humeante de café como único escudo entre él y ella, pues pareciese que el varón trajeado iba a convertirse en una pantera y a saltar por encima del escritorio que los separaba en cuanto la cirujana se descuidase.


―¿No prefieres una cerveza? ¿Seguro? ―inquirió él, mortalmente serio, pero con algo casi risueño bailando en su voz.


Linda no se dignó a contestar.


«Vamos» escuchó en su cabeza.


Y abrió los ojos como platos. No era su voz. Era la voz de un hombre.


«¡Es él!» gritó el hombre.


El corazón se le aceleró. Ni se parecía a la voz del señor Furlan ni éste había movido sus concupiscentes labios.


Sintió cómo una mano golpeaba las suyas y el café salió disparado hacia el regazo del hombre que se encontraba despreocupadamente sentado en su sillón.


El estrépito de su alarido reverberó en las cuatro paredes.


Linda cogió unas servilletas y, rauda como el viento, bajó los pantalones de su último amante para que el abrasivo líquido no siguiera en contacto con la piel. Con el papel secó con cuidado los calzoncillos y el paquete.


Y el susodicho paquete comenzó a hincharse.


Y no era debido al café.


Aunque el líquido ya se había secado en parte y enfriado lo que quedaba, la dama se apartó de ahí como si se tratase del fuego de mil infiernos.


Él alargó una mano para ayudarla a levantarse y ella, desconfiada, la tomó.


―Desde luego, tienes unas manos muy hábiles, doctora. ¿Aún sigues queriendo matarme? Fíjate tú que yo pensé que habías disfrutado con esto ―ilustró el comentario apretándose contra ella.


Los pensamientos racionales de la calcinadora se evaporaron como agua sobre las brasas.


―¿Qué haces? Podrían venir y… vernos.


Él negó con la cabeza.


―Los despachos están insonorizados, ya sabes, por si a caso hay alguien escuchando tras las puertas ―sonrió, sugerente.


―Ya. Para eso.


―Eh, no fue idea mía.


Era increíble cómo, cualquier cosa que él dijera, sonaba excitante y sensual. Incluso algo que no tenía nada que ver con meterse bajo la lencería femenina.


El gemido de placer que salió de la garganta de Linda dejó sin argumentos a la doctora para resistirse cuando él comenzó a depositar tórridos besos a lo largo de la línea de su cuello. La mano masculina, a la deriva, iba tanteando, cuidadosa, el terreno.


Las caricias de él enardecieron a Linda, que se agarró a él para no caer a causa del temblor que la recorrió, como un huracán, e hizo que sus piernas fallaran.


Elián, atento a cada suspiro, estremecimiento, rubor y gemido, agarró con ahínco los muslos de ella y la sentó en su antes ordenado escritorio. Levantó la falda y besó un tobillo mientras acariciaba con devoción la pantorrilla contraria, subiendo hasta que necesito empujar con suavidad a la mujer para que se recostara sobre el escritorio y empujó las delicadas caderas hacia sí para que entrase cómodamente en la superficie de madera. Eficiente, arrastró las braguitas blancas hasta que se posaron sobre la alfombra persa.











Su boca naufragó en el dulce rocío que brillaba ante él y se deleitó en cada gota, indolente ante los violentos y apasionados tirones que le otorgaba ella, como dolora muestra de pasión.


―Oh… Dios mío.


No paró hasta que ella se contrajo, su espalda se arqueó y un mudo grito de placer se elevó en el silencio.


―¿Qué te parece si vamos a comer?


Enajenada, ella asintió.


Esa noche durmieron y no durmieron juntos. Y él la levantó con un copioso desayuno ya listo y sabroso para empezar el día.


La noche del martes llamó la enérgica madre de la doctora.


Cogió el teléfono un sonriente abogado.


El miércoles Linda ya no quería más llamadas, ni más mensajes, ni más quedadas, ni, por qué no decirlo, más sexo apasionado con aquél amante atrevido, generoso, cuidadoso, delicado, salvaje, autoritario y pícaro.


Una voz en su cabeza insistió, a todo pulmón, hasta que, finalmente, Linda respondió al mensaje de Elián.


El jueves, tras desayunar un brownie de chocolate que casi se quema por descuidarse la noche anterior ambos mientras se cocinaba en el horno, pasó algo de lo más extraño.


Una mujer esperaba en la calle, al lado de la puerta del portal de la doctora, con una nota en la mano. Era tan parecida a aquella adivina que se le apareció en sueños que, anonadada, Linda no pudo hacer más que coger la nota y abrirla.





Has encontrado a tu media naranja. Cuídala bien. Atesórala. Yo me equivoqué con tu madre, hija, pero no debí dejarte a ti también atrás. No te olvidé, pero supongo que eso no es lo importante. Aprovecha esta oportunidad con ese hombre. Yo ya no puedo ayudarte más, tesoro.


Nunca te olvidaré.


Pablo Ferrer Álvarez.


Feliz Navidad.


Muda de asombro, Linda levantó la vista para pedir explicaciones.


La anciana no estaba.


Bajó la mirada para volver a ver la nota.


Había desaparecido.


―¿Aún sigues aquí? ―preguntó Elián, saliendo del portal tras ella.


Ella asintió, sin poder añadir nada más.


¿Todos esos empujones, las voces…?


No. No era posible.


¿Verdad?


―He tardado en salir porque Cheshire no me dejaba. Creo que me ha cogido cariño o está metido en un inteligente complot para dejarme todos los trajes llenos de pelo de gato.


Linda soltó una carcajada, respondiendo sonriente a su cariñoso beso.


―¿Te llevo al hospital, doctora?


Ella miró a aquél hombre. Sí, quizás, se estaba enamorando.


Pero daría tiempo al tiempo.


Asintiendo con la cabeza, la doctora acompañó al abogado hasta su coche.


Se montaron en él y Linda suspiró. Si seguía por ese camino todas las noches, no podría madrugar para ir a la consulta los días siguientes.


Elián, sabedor de qué emisora escuchaba su chica, presionó el número que tenía memorizado el canal de Malcolm.


—El último mensaje de hoy es para Linda: Has encontrado a tu otra mitad. No lo dejes escapar. Cuídalo. No cometas los mismos errores que yo. Es tu momento. Ya no puedo ayudarte.


Un escalofrío recorrió a Linda.


No podía ser verdad.


―¿Pasa algo? ―quiso saber Elián.


―No, nada ―sonrió ella.


Fuese su padre o no, estas navidades sólo habían ocurrido cosas buenas.


Golpes y tintes a parte.


Una figura invisible a ojos de los mortales contemplaba a la pareja desde las alturas, sentado en el balcón de un edificio, acariciando a un ronroneante gato con un cascabel.


―Gracias, Cheshire. Cuídalos.













«Feliz Navidad» se escuchó, acompañado de un maullido de gato que se llevó el viento, cuando comenzaron a caer los primeros copos de nieve.


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