Renacida - ¡Un relato vampírico!

Relato erótico con un sexy vampiro que quita el hipo.

¡Espero que os guste!

Renacida

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Me despierto mareada, con un profundo dolor de cabeza y ardor en todo el cuerpo. En toda buena historia, la protagonista tiene que descubrir qué le ha pasado, quién ha sido el responsable y, preferiblemente, encontrar a un tipo cañón muy, muy caliente que la ayudará y le echará un par de polvos con el optativo final feliz o el «continuará…».

Si es una historia de vampiros como la mía, hay dos vías: la primera, que la chica se enamora del vampiro y él la acaba convirtiendo mientras juntos luchan contra el mal; o, la segunda, que la chica es convertida busca al culpable y, o bien es un desconocido que por cualquier motivo pasaba por allí y, en medio de un conflicto o por necesidad la transforma y acaban enamorándose o recibe la ayuda del tipo cañón en cuestión para dar una patada en el culo al gilipollas que la transformó.

El caso es que sé quién me transformó, sé que no es técnicamente de los malos, sé que yo no le pedí que me transformara y sé que, en cuanto deje de sentirme como si una manada de rinocerontes me hubieran pisoteado, quiero arrancarle los colmillos. Y otras partes más al sur. Lentamente…

―Te… voy a… matar… hijo de pe… perra…

Mi historia no es precisamente una historia de amor entre flores rositas y bailes de princesa. Me llamo Selena y vivo en Madrid, España. Una ciudad muy bonita, pero (estúpida de mí) quería viajar. Hice un viaje a Escocia, tierra de Highlanders (sí, me gusta leer) y conocí a Jack, el que viene a ser el tipo cañón. Moreno, ojos negros, piel pálida, un cuerpo por el que alargas tus vacaciones y te mudas a su casa, donde, entre sexo salvaje, te confiesa que es un vampiro. Yo, como toda tía racional con un buen calentón encima, le respondí «ok» y seguí a lo mío. Cuando descubrí que no tenía un novio psicópata, sino uno colmilludo, ya me daba igual. El sexo lo compensaba. Hasta ahora.



―Te re… retorceré… el pescuezo… as… asqueroso… hijo de… puta…

―Si hablas, perderás fuerzas y te sentirás peor, dulzura.

Siento rabia por el apelativo cariñoso y me levanto, furiosa, abriendo los ojos de golpe. Todo me da vueltas y la oscuridad me engulle de nuevo.

Lo siguiente que siento es la cama blanda de él. Sé que es de él por su olor, por su tacto, por todas las últimas semanas que he dormido en esta cama, pero ya no es más mi casa y él ya no es más mi novio así que, conteniendo las náuseas y el rugir de mis tripas, me encamino a la cocina.

Sí, sé que lo que tendría que hacer es salir corriendo, como toda heroína que se precie en una novela, pero no soy tan fuerte, no soy una heroína, soy una recién convertida vampiresa y tengo hambre.

Dos bolsas de Cheetos, un helado de Chocolate Fudge Brownie y un sándwich de Nocilla más tarde tengo serios problemas de culpabilidad por mi línea y un hambre aún voraz.

―No es esa comida la que necesitas para saciarte, Selena…

―¡Tú!

No necesito ni un incentivo, me tiro encima de él y Jack no se resiste, sino que deja que lo tire al suelo, yo a horcajadas sobre él, con mis manos rodeando su cuello, apretando fuerte en un intento de ahogar a alguien que no sé con certeza si se puede matar así.

―Necesitas mi sangre. Me matas y mueres.

―¡Eres un cerdo! ―Le grito a todo pulmón, aún teniéndolo a dos palmos de distancia. ―¡Asqueroso! ¡Arrogante! ¡Imbécil! ¡Capullo! ¡Bastardo! ¡Hijo…!

¿Los vampiros pueden llorar? Aparto una mano de su cuello y me limpio la mejilla, que, para mi gran alivio, está empapada por lo que son lágrimas normales y no de sangre. Odio a Jack. Me ha hecho llorar a la vez que me tiene excitada y con ganas de matarle. Tanta emoción no puede ser buena.

―Estás muy alterada ahora mismo, Selena. Bebe. Bebe y luego hablamos de lo que quieras.

Miro la gruesa vena que escala como una enredadera por su fuerte cuello y las manos con las que antes lo tenía agarrado por éste mismo se enroscan en sus anchos hombros mientras noto que los colmillos me arden y luego entran en contacto con el líquido más glorioso que jamás he probado.



Abro mis ojos, que había cerrado inconscientemente tras la oleada de placer, y noto que el pulso de Jack está acelerado, que todo su cuerpo vibra con necesidad. Sé que él está ahora mismo erecto y preparado y bajo un poco mi pelvis para notar su pulsante erección contra mis muslos.

Oigo un gemido. No sé si ha sido de él o mío o de los dos, solo sé que estoy frotándome como una gatita en celo contra su vara y que estoy bebiendo de él como si no tuviera final. Con cada gota escarlata que se desliza por mi lengua, me caliento más y más, y ya no puedo aguantarlo.

Desenfundo mis dientes y le miro. Tiene los ojos clavados en los míos, como tratando de ver mi alma, como intentando predecir qué es lo que voy a hacer ahora mismo. Ni yo misma lo sé. Cuando baja un poco la mirada y la fija en la pulsante vena que late bajo mi mandíbula, ya no puedo resistirlo más.

Agarro la camisa blanca con la que va vestido, como siempre de marca cara, y, sin importarme lo más mínimo, le arranco la fila larga de diminutos botones sin miramientos. Lucho con el cinturón y luego con el botón de los pantalones; estiro ambos lados rápidamente y la cremallera se ha bajado sola (creo que he oído el rasgar de tela, pero después de la camisa, ya da igual) y no me molesto en bajarle los pantalones, como siempre, va sin calzoncillos, por lo que es suficiente. Pero cuando trato de desabrochar mis vaqueros, no puedo. Los compré en Bershka, eran monísimos. Tres filas de duros botones, cada una con dos botones. Y tela vaquera. Nerviosa, lanzo un grito y, con una fuerza que sé que no es la mía, me he cargado mis pantalones favoritos sin inmutarme.

Me deslizo suavemente arriba y abajo, arriba y abajo…

―Ah, joder, nena… Me vas a matar…

Acelero, más que nada porque necesito ir duro, lo necesito rápido y lo necesito ya. Me froto rápidamente, creando una fricción exquisita, notando cómo el calor va creciendo, cómo sube por mi columna, cómo el clímax se va acercando para los dos, porque él cada vez está más tenso…

Con un grito fuera de lo normal me desplomo, agotada, saciada, encima de él. Su mano se desliza por mi espalda y acaricia mi largo pelo, mi cadera, mi nalga izquierda, y sube otra vez…

―¿Por qué? ―Pregunto, sabiendo que él sabe a lo que me refiero.

―Porque el líder del clan necesita una pareja y ese voy a ser yo en dos días y, si no la encontraba yo, la buscarían por mí.

―Así que soy el mal menor… ¿Has pensado en lo que yo pienso? ¿En lo que siento? ¿Te has parado a pensar que podría querer una vida normal, al sol, con hijos, con una familia corriente? ¿Que quizá deseara volver a Madrid, crecer y morir, y no ver a todos mis seres queridos yacer enterrados mientras yo sigo en pie? ¿No podrías haberme preguntado?

―Lo hice. Y me dijiste que no.

―¡Claro que te dije que no!

―¡Te ofrecí una vida eterna de juventud a mi lado! ¡Una vida sin enfermedades, sin debilidades, una vida plena con habilidades con las que no habrías ni soñado! ¡Y me rechazaste!

Me levanto, furiosa con él, conmigo, con los dos.

―¡Yo te quería! Jack… No he sentido por nadie lo que he sentido por ti, pero acabas de destrozarlo todo, todo, por tu egoísmo. Yo tenía una vida, tenía sueños que acabas de desechar como si te dieran igual.

―¿Y qué hay de los míos? Quiero que tú seas mi compañera, no otra.

―¿Y tú vales más que yo?

Silencio. Normalmente arreglábamos nuestras discusiones con sexo, pero ahora… ahora es algo más complicado que eso.

Él se levanta despacio, con la camiseta abierta (ligeramente desgarrada) y los pantalones abiertos alrededor de su falo, mientras que yo sigo con mi camiseta de «I Love Scotland» y tengo los vaqueros arremolinados en los tobillos. Deseando irme, me deshago de ellos con un puntapié y trato de acumular paciencia mientras voy al dormitorio a por mis cosas.

No están. No hay pasaporte, dinero, carné, maletas, bolso… Nada.

―No te vas a ir.

―Sí me voy a ir.

―No.

―Sí.

―¿Y cómo piensas hacerlo?

―¡Soy vampiresa! ¿No hay ningún poder de «déjame pasar, yo ser fantasma» o algo así?

―Esas cosas no funcionan así. Lo sabrías si, en vez de ignorarme cada vez que hablaba del vampirismo porque tenías miedo, me escucharas.

―Oye… ―De pronto me paro. Vuelvo a tener hambre. Le miro la vena, luego los ojos, después vuelvo a la venita… Jesús, ¡que me pongo cachonda!

Y aquí es cuando entrecierro los ojos y le miro con suspicacia. No.

―¿Cuándo fue la última vez que te alimentaste?

Él quería beber de mí cuando estábamos… en plena faena. A mí, como humana más o menos normal, no me hacía gracia. Él jamás, hasta esta última vez, ha bebido de mí. Yo acabo de beber de él y ya tengo hambre. Es imposible que aguantara semanas sin beber. Imposible.

―¿Ayer?

―¡Antes de que me…! ¡Antes de esto!

―A mediados de la semana pasada, creo.

¿Creo? ¿Creo? ¡Al cuerno la paciencia! Sé que la sangre, el intercambio de sangre, es algo sexual, lo sé. Lo he vivido en mis carnes. ¡¿Y él dice «creo»?! ¡A la mierda la maldita cortesía!

―¡Ey! ―Se queja él, esquivando la percha de madera. ―¡Selena! ―Ex­clama, sorprendido, cuando la lámpara le roza la mejilla. ―¡Para! ―Grita, cuando la otra estalla justo arriba de su cabeza, en la pared de atrás.

―¡Cabrón! ―El jarrón lo esquiva por poco. ―¡Hijo de puta!

Una parte salvaje de mí se está despertando, una parte que comenzó a abrirse abajo en la cocina. Agarro una silla y se la tiro a la cabeza, esta vez él la atrapa porque daba de lleno. La deja de lado y se agacha hacia mí, que estoy tendida en el suelo, llorando por segunda vez en un día.

―Los vampiros pueden tener hijos. Y pueden acabar con sus vidas yendo al sol si son infelices. Puedes seguir en contacto con quien quieras y nadie te lo va a impedir, Selena. Te doy mi palabra.

―¿Lo juras?

―Te lo juro por mi vida. Por mi vida y por mi honor. No te faltará de nada, pídeme lo que quieras y es tuyo si puedo conseguirlo.

―A veces te juro que quiero sacarte el corazón y hacerlo trizas, Jack.

―Pues no te hagas daño ―dice él, con su media sonrisa tan sexy.

―¿Por qué me iba a hacer daño?

―Porque mi corazón es tuyo, amor.

―¿Y la de «a mediados de la semana pasada, creo»?

―Pues ya sabes lo difícil que fue contenerme. Solo bebí, no hice nada más con nadie más. ―Me miró. Con esa mirada caliente suya. Sentí un escalofrío por todo mi cuerpo.

―¿Qué?

―Que quiero tumbarte en el suelo, abrirte de piernas y meterme dentro tuyo hasta que salga el sol. Quiero enseñarte todos los lugares en los que puedes darme un mordisco y quiero mostrarte cuán placentero es que te muerdan a ti, en todas partes…

Con esto, rompió mi camiseta y comenzó a mordisquear mis pezones, las cunas de mis pechos, a bajar por el abdomen, acariciando mis muslos, para elevarlos, juntando mis rodillas en mis pechos, bajando su cabeza hasta mis llorosos labios, metiendo su lengua con fieras lametadas, imitando su polla, mordisqueando mi clítoris hasta que gemí, desesperada, con la cabeza dando vueltas, sin ser consciente de nada excepto de él, manteniéndome quieta con las rodillas sujetas y su cabeza en mi coño, chupando, lamiendo, succionando, devorando. Luego, literalmente, bebiendo de ahí. No pude soportarlo y me corrí, como nunca en mi vida, con un grito de júbilo, de pasión, con los sentidos sensibilizados, las hormonas a flor de piel.

―Aún no ha acabado… ―gruñó él, su voz baja, grave, profunda.

Pude ver sus labios brillantes con mis fluidos y mi sangre goteando en su labio inferior, deliciosa ambrosía escarlata, cuando atrapó mis muñecas, subiéndolas arriba de mi cabeza, movimiento que juntó mis pechos, alzándolos a él, mis pezones mirándolo, suplicantes; pero él fue a por mi boca, comiéndosela, hasta que mis labios quedaron rojos por la fricción, adormecidos.

Fue entonces cuando se apiadó de mis pechos, mientras, con firmes estocadas, maltrataba mi centro, que aún estaba húmedo, mojado por la necesidad de ser llenado, de ser completado por él. Alcancé el éxtasis en ese momento, cuando él bebía de mi pezón, ávido, como un bebé recién nacido llorando por la leche de su madre, y él se corrió conmigo, derramándose en mí con fuerza, con potencia, para luego aplastarme bajo él.

―No vale ―dije, adormecida. ―Has practicado durante muchos años con muchas mujeres. Es trampa.

―Puedes practicar conmigo durante todos los años que quieras. Incluso puedes probar con mujeres, si te hace ilusión, siempre y cuando yo esté presente y me dejes participar. Si miras a otro hombre, no puedo garantizarte que no vaya a matarlo, sin embargo.

―Si quieres practicar con otras mujeres aparte de mí, Jack, me da igual que esté yo presente… Nos iremos los tres al Starbucks, amor. Ella, yo y el pequeño Jacky… ―dije, agarrando su miembro con fuerza, haciéndolo gemir con placer, aun con un poco de dolor. ―Sin ti. ¿Nos entendemos?

―Sí… Muérdeme, Selena…



Sonrío. En vez de hacer lo que él me pide le doy un beso a la punta de Jacky y comienzo a dar tímidos golpecitos con la lengua, luego chupo la punta como si fuera un helado, sin llegar a tragar nada, hasta que comienzo a introducirlo en mi boca… Cuando lo tengo llenándome por completo la garganta me muevo, cada vez más y más rápido y, cuando lo escucho emitir un gemido ahogado, le dejo con las ganas y me salgo completamente. Luego le doy un beso en esa vena especialmente gruesa que recorre todo su pene y…


7 Deseos en Navidad

¿Qué regalar estas Navidades?

Dama Beltrán, Tamara Bueno, Genny Álvarez, Haimi Snown y Mar Lamas colaboraron en un proyecto conmigo, idea de Encarni Arcoya. Encarni nos vino con la idea de hacer una historia estas Navidades... una antología hecha por todas nosotras, siete historias, a partir de un prólogo.

Tiene de todo, ¡absolutamente de todo! Son historias románticas, divertidas, con misterio... y lo único que las une es que los protagonistas son amigos. Ni si quiera entre ellos hay semejanzas. Tenéis una doctora, un par de mellizos, un poli, un gigoló y hasta un locutor de radio. ¿Qué más se puede pedir?



Pues, ¡hay más!

Es no sólo un ebook gratis, sino que lo puedes tener en pdf, epub... No sólo es una novela romántica, sino que es sensual, erótica y cada historia sigue su propia línea de argumento. Fantasía, calamidades y acción, ¡no sabrás en dónde te has metido!

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