¡Fragmento de una historia nueva!



Se giró feliz hacia la casa en la que él vivía, pensando que quizás había sido un poco dura y que debería darle las gracias como gesto de buena fe, cuando lo vio.
Estaba haciendo una barbacoa. Tan pegado a la valla que separaba ambas viviendas como era humanamente posible y sonriéndola.
Todo el humo de la grasa que soltaba la carne estaba yendo a parar a su colada limpia.
―¡Eres un crío! ―le soltó, nada más cruzar la puerta de la valla de su casa.
Estaba frente al trozo de madera que separaba su casa de la de él.
―Te dije que me las pagarías ―contestó, satisfecho.
―Apaga eso ―advirtió, señalándolo amenazadoramente con el dedo.
O, al menos, tan amenazadoramente como su metro sesenta y tres le permitía.
―¿O qué?
―¡Te lanzaré a la perra!
―¿A esa perra? ―inquirió él, irónico.
Baileys estaba olisqueando la carne, con las patas delanteras apoyadas en la valla y moviendo la colita, feliz.
El desgraciado le dio un trozo de carne y la muy traidora lo tragó a gusto.
―¡Baileys! ¡Ven!
La perra bajó las patas y caminó junto a su dueña.
Él no lo vio venir.
Un potente chorro de agua lo golpeó en la cara y apagó las brasas de su parrilla. La perra se puso a saltar y a ladrar como loca, pues le encantaban los baños con la manguera y ella también quería un poco.
―¡Eres una maldita bruja que ha venido a atormentarme! ¡Pirada!
―¡Tú has empezado!
―¡Los cojones! ¡Esto es la guerra!
Él se fue indignado y Keira no pudo parar de reír. Bajando la intensidad del chorro, mojó a Baileys, que se puso a dar saltos y vueltas como loca.
Un potente chorro de agua empapó su camiseta blanca y sus vaqueros cortos y subió hasta su cara y su media melena castaña.
Keira se apartó los pelos de la cara y miró furibunda a su atacante.
Él se había quitado la camiseta y se había echado el pelo hacia atrás, dejándola ver su rostro. Le resultó vagamente familiar, pero se distrajo viendo ese imponente torso.
―Madre mía ―murmuró.

―¿Qué dices, bruja? ¿Has tenido suficiente?

El cazador de libros ataca de nuevo

El veranito llega a su fin, ¡pero no os desaniméis! Las cosas buenas continúan y los buenos momentos siempre permanecen.

Os dejo esta reseña de Enseñando a Nicolás, ¿qué opináis vosotros?

«organizado de manera cronológica, es un relato claro que nos permite tener una rápida lectura, sin que esto sea motivo de no disfrutar todo el erotismo en ella» y si quieres seguir leyendo, visita la página.

Cazando a Un secretito de nada

¡Hola, gente! En estos días en los que lo único que apetece es hundirse hasta el cuello en el agua fresquita de la piscina o afincarse bajo el aire acondicionado (¡y es que en Madrid hay 40º C en la calle!) os dejo esta reseña de El cazador de libros. Por si queréis leer algo mientras el ventilador os da airecito. O por si os aburrís momentáneamente del agüita.

¡Disfrutad del verano!

«La historia es narrada en primera persona, y se basa en el relato de nuestra protagonista y los resultados y consecuencias de una serie de mentiras.
El titulo para e
ste tipo de género (género erótico) es sugerente y te ofrece a un sin fin de posibilidades que te dejan con la intriga...» ¿Quieres seguir leyendo? Click aquí.

Enseñando a Nicolás tiene nueva reseña

¡Hola! Antes que nada, ¡ya se acerca el veranito! ¡Qué ganas! Tenía que decirlo, no puedo más con este mono de playa.

Dicho esto, ¡al lío! Hoy tenemos una nueva reseña de la mano de Amanda en su blog El circo de palabras. Nos ha puntuado con nada menos que con cuatro estrellas (o carpas de circo) de cinco.

Aquí os dejo un trocito de la reseña:
«Ayer estaba buscando un libro que poder leer y me topé por casualidad con este libro de Sonia Fraez, así que tras leer la sinopsis y ver que eran pocas páginas, me lancé a ver qué tal era. La verdad es que fue mejor de lo que yo pensaba, porque ya estaba algo cansada de la literatura erótica, de lo de BDSM y de que siempre fuese el hombre quien dominase en todas las situaciones, así que al leer esta vez que era Vero quien lo hacía, fue lo que me impulsó finalmente a aceptar a leerla». ¿quieres leer más? Para continuar leyendo la reseña en el blog original, click aquí.

¿Qué opinas?

Hoy tenemos ya en la web dos reseñas nuevas: Una de Enseñando a Nicolás y otra de Un secretito de nada, realizadas por Ana en su página Modatica.

Enseñando a Nicolás
«...es una novela erótica ambientada en el mundo del BDSM y el OPUS. Sí, choca, son mundos opuestos. Nicolás y Verónica se conocen desde niños y ambos han recibido una estricta y tradicional educación por sus respectivas familias, el primero siguió fiel los preceptos que le inculcaron y la segunda se desvió...» ¡Sigue leyendo!

Un secretito de nada
«...es una simpática novela romántico-erótica que narra una particular relación jefe-ayudante. En esta historia, como en muchas otras novelas, la ayudante está enamorada de su jefe en secreto y el jefe también termina enamorándose de su empleada, pero “Un secretito de nada” nos cuenta cómo Tamara, una joven divertida e impulsiva se prenda de un hombre guapo y no para hasta colarse en su vida...» ¡Sigue leyendo!

¡eBook gratis!

Hoy tienes disponible en Amazon el eBook de Enseñando a Nicolás ¡completamente gratis! Sí, como lo oyes. Un eBook de romántica erótica gratuito... pero por tiempo limitado, ¡así que corre!

Ya son muchos los que lo han pillado y espero leer vuestras impresiones pronto ;) ¡No dudéis en decirme qué os ha parecido!

Gracias a las descargas de hoy, Enseñando a Nicolás se posiciona en el número uno de su categoría: ficción erótica, en los Top 100 gratis.

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¡Espero vuestras impresiones!

Unas locas, mágicas y catastróficas Navidades

Os dejo aquí el relato que escribí para la antología de 7 Deseos de Navidad. ¡Eso sí! Recuerdo que el libro completo tiene seis historias más de seis fabulosas autoras ;) No os los podéis perder.




«Linda Ferrer», citaban las negras letras de la plaquita blanca, al lado de la puerta de su despacho.


Con un cansado suspiro, abrió la puerta y se dejó caer en su sillón. Llegaban las Navidades y todo lo que tenía eran su piso, su trabajo, su gato, sus amigos y sus torres de libros y películas. Nada de príncipes, apoteósicos y dulces finales llenos de risas, encuentros románticos o apasionantes aventuras. ¡Menos mal que, siendo cirujana, no tenía problemas con las facturas!


Pero Linda ansiaba algo más. Salvaba algunas vidas, perdía otras. Ayudaba a la gente y su trabajo era algo que la apasionaba, pero ¿qué tenía a parte de un empleo maravilloso? Unos amigos de fábula que siempre la apoyarían, pero que no estaban ahí con ella cuando llegaba la noche y volvía a casa.


Con ganas de llorar, encendió el ordenador y la radio, pasando canales distraída mientras la pantalla comenzaba a mostrar las imágenes de carga.


De repente, escuchó a su amigo Malcolm. Y sonrió.


A veces ocurría. Se sentía vacía, deprimida… pero eso eran tonterías. Tenía un piso precioso en el centro, unos amigos maravillosos, un trabajo que no sólo la llenaba sino con el que ayudaba a la gente y un gato un tanto peculiar al que quería con locura.


Escuchando a su amigo, repasó un rato las fichas de sus pacientes, pero estaba tan cansada que no pudo continuar. Volvió a apagar la máquina y se cambió a su atuendo habitual.


Estaba cansada. Últimamente no paraba en el hospital. Había tenido que volver a cancelar la cita con sus amigos de toda la vida. Una más y la secuestrarían para sacarla de casa o del centro.


Cerró, ya cambiada a sus ropas de diario, la puerta de su despacho y salió. Saludando aquí y allí a compañeros de trabajo, llegó hasta su coche y enfiló hacia casa.


Puso la emisora de Malcom, pero estaba sonando una canción. Se animó y empezó a cantarla cuando la reconoció.


―Why you gotta be so rude? Don’t you know I’m human, too? Why you gotta be so rude? I’m gonna marry her anyway. Marry that girl, no matter what you say. Marry that…


Las palabras murieron en su boca cuando divisó una caravana morada en medio de una acera. Era encantadora, estaba llena de luces y colores y quedaba totalmente fuera de lugar en medio de una calle a la que ni si quiera habían llegado aún los adornos navideños.


Como hipnotizada, aparcó el coche y se dirigió hacia el vehículo. Incluso mientras escuchaba la campanita que se meneó al abrir la puerta, no se lo creía. ¿Qué hacía ella ahí? Si no soportaba esas cosas… ¡Por Dios, era cirujana! Sabía perfectamente que prácticamente todo tenía una explicación científica. Y mantenía firmemente que, lo que no, era porque aún no se disponía de los medios necesarios para su estudio.